"camino de Pampa Bandera, lo esperan en una emboscada y en una descarga certera ruge en la noche la metrallada...Isidro Velázquez ha muerto, enancado en un sapucay, pidiéndole rescate al viento que lo vino a delatar".
Parte de la letra de El último sapucay, chamamé de oscar valles, que habla de la emboscada a Isidro velázquez, un rebelde, un peón rural de Colonia Elisa, Chaco, tanto allí como en La Verde, Selvas del Río de Oro, Laguna Blanca y Laguna Limpia, Zapallar, La Escondida, Lapachito y otros parajes del norte se lo tenía como el mejor baqueano, rastreador y cazador de los esteros y los montes. Tenía esposa e hijos y participaba de las reuniones de la Cooperadora Escolar de Colonia Elisa hasta que, por alguna razón no muy clara, comenzó a ser hostigado por los matones de la policía, situación que lo llevó a perder su trabajo y a caer en el delito para poder sobrevivir. El jefe de sus cazadores en persona, capitán Aurelio Acuña, no ocultaría su sorpresa por la forma en que un hombre que durante más de treinta años había sido "humilde pero honrado", se había convertido en un "peligroso delincuente". Las andanzas de Isidro le dieron una fama que llegaba a todo el monte chaqueño llegando hasta el paraguay. Las masas rurales explotadas lo apoyaban y protegían.
La policía de Colonia Elisa lo puso en lka carcel, pero escapó y se ocultó en el monte que conocía como nadie para seguir la senda que veinte años antes habían transitado Zamacola, Bairoleto y el famoso Mate Cosido.
Pero no solamente lo protegieron la vegetación y la geografía indómita del Chaco, miles de peones golondrinas habían emparentado su impotencia con la rebeldía de "El Vengador". Muchos provenían, como él, de Corrientes, otros de Santiago del Estero y Paraguay y, arrojados a su suerte, no podían regresar a sus hogares ni encontraban trabajo debido a las secuelas de la crisis del tanino y al comienzo de la crisis algodonera que los condenaba a deambular por la provincia sufriendo las miserias de la desocupación. Los obrajes dedicados al quebracho, en manos de compañías inglesas comenzaron a cerrar empujando a grandes contingentes de paisanos a emigrar hacia las villas miserias de las capitales. Se trataba de miles de hacheros ezclavizados en los obrajes y de peones sometidos a condiciones de vida miserables por la industria algodonera, paisanos de la región chaqueña expulsados de su territorio.
Es entre los hacheros desocupados, los golondrinas y los indígenas, donde Isidro Velázquez encontró refugio cuando se alzó contra la ley junto con Claudio, su hermano menor. Ambos se desplazaban cómodamente por todo el territorio chaqueño, protegidos por el monte, amparados en los rancheríos humildes donde entregaban a los necesitados parte de lo que obtenían en sus atracos espectaculares. El sociólogo Roberto Carri, en su libro Isidro Velázquez, formas prerrevolucionarias de la violencia, publicado en 1968, decía que "la comunidad rural indígena y criolla se expresa colectivamente en la identificación con Velázquez, el hombre que expresa un poder antagónico al régimen que los explotaba." La sociología clásica y los marxistas los calificaron de bandoleros, no vieron en ellos una expresión de resistencia popular a la explotación de las empresas. No entraban en sus manuales, y entonces fueron denigrados.
la historia cuenta que el 25 de junio de 1962, los hermanos fueron sorprendidos en una picada en las afueras de Colonia Elisa por una patrulla policial armada con carabinas, metralletas y pistolas. Los Velázquezjavascript:void(0) respondieron el fuego con un winchester y revólveres, eludiendo el cerco a pesar de la superioridad numérica de sus perseguidores.
Atracaron a estancieros, distribuidores, comerciantes, acopiadores de granos. Por pedido de los hacendados y hombres de negocios la policía comenzó a perseguirlos, envió hombres de todas las localidades de la región, pero las patrullas no podían atrapar a los hermanos, sufrían bajas a manos de los velázquez que siempre lograban escapar. la infatigable y creciente persecución policial no los intimidaba, jamás se escondieron, siguieron visitando boliches y exhibiéndose en las calles de las localidades de la región, fue así q en un almacen en el paraje de Costa Guaycurú que tomaron por asalto e invitaron a los vecinos a beber gratis terminó perdiendo la vida el hermano de Isidro a manos de la policía. esta situación llevó a la inactividad del velázquez sobreviviente, hasta que tras un año Isidro decide reaparecer justo en el lugar en que habían matado a su hermano, ahora dispuesto a todo y con la compañía de Vicente Gauna, con quien secuestró en 1964 a dos importantes hacendados, cobró un jugoso rescate y regresó a la espesura del monte.
Sus perseguidores le achacaban la mayoría de los crímenes y violaciones que se cometieron en la zona durante esa época con el objetivo de sembrar el pánico en la población y aislar a los perseguidos.
La presencia de bandidos alzados contra la ley, como Zamacola, Bairoleto y Mate Cosido fue común y popular en los '30 y '40 en el Chaco, Velázquez le daba continuidad a estas figuras míticas. Sus aventuras, contadas en Buenos Aires por La Razón, Crónica, Así o Gente, colisionaban con una sociedad que se deslumbraba con los happenings del Instituto Di Tella, dos países paralelos en vísperas del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía y el Cordobazo.
La revista Gente entrevistó a uno de los policías que se aprestaba a salir tras Velázquez.
"¿Ustedes creen que lo van a apresar?" pregunta el periodista.
"No, es imposible -contesta el agente-. Estoy seguro de que por más que le tiremos, las balas no van a entrar. Ustedes saben que el agente Mieres vació su pistola y no hubo caso. Después, Velázquez, con un solo tiro, le atravesó el corazón".
"Entonces ¿está convencido que si se topa con ellos, usted es hombre muerto?".
"No sé si me va a liquidar. El le saca dinero a los ricos para repartirlo con un pobre. Y yo gano catorce mil pesos por mes... Si llego a toparme con ellos en el monte, creo que les diría que maten a un hacendado, no a mí, justamente."
En 1965, la fama de Velázquez y Gauna se extendía por todo el Litoral, por entonces la población los cree invencibles
A mediados de 1966 asaltaron el pueblo de Laguna Limpia y Gauna mató al alcalde Antonio Ponzardi después de robarle, a principios de 1967 secuestraron a los estancieros Agustín Guissano primero y a Antonio Persoglia, después Cobraron tres millones de pesos por el rescate de cada uno. Los miembros de la Sociedad Rural chaqueña se impacientaban, las andanzas de Velázquez y Gauna y la popularidad que tenían entre los paisanos ponían en peligro sus vidas y la paz social, los estancieros ofrecieron entonces una recompensa de dos millones de pesos "a toda persona que entregue a estos delincuentes de cualquier forma, o suministre información concreta que permita su detención".
Fué así que el flamante jefe de la policía provincial, capitán (RE) Aurelio Acuña, se puso a la cabeza de una movilización sin antecedentes: ochocientos policías bien armados y con perros salieron en persecución de los fugitivos, cortaron caminos, tomaron poblados, rastrillaron picadas y pajonales. En general Obligado lograron ubicarlos, el pequeño ejército se dirigió prontamente hacia ese lugar. Velázquez y Gauna emboscaron a una de las patrullas y dieron muerte al agente Juan Ramón Mieres, pero quedaron rodeados durante quince días por el cerco policial. Sin embargo, el terreno cubierto era demasiado amplio y desconocido para las patrullas; otra vez el "payé" de los esteros metió la cola y Velázquez y Gauna consiguieron infiltrarse entre las líneas de sus perseguidores, dirigiéndose hacia el norte, el terreno que mejor conocían. Allí sostuvieron un nuevo tiroteo.
El Poder Ejecutivo nacional destinó 99 millones de pesos a la provincia para equipar a la policía. Era tarde: Velázquez y Gauna habían ganado el monte y se movían entre los suyos. La operación mas grande de la policía del Chaco había fracasado y se disolvió vergonzosamente en la espesura de los esteros, pero la historia de los fugitivos se aproximaba a su fin.
Tras la "Operación Fracaso", como la bautizaron los paisanos, Velázquez y Gauna se instalaron en Quitilipi, cerca de una reserva toba cuya población los alimentaba y protegía. Desde allí comenzaron a preparar el asalto a la sucursal del Banco de la Nación en la localidad, de Machagai, pero esta vez la policía se les adelantó; detectaron posibles contactos y convencieron a una maestra y el cartero para que entregasen a los fugitivos.
Al anochecer del primero de diciembre de 1967, la maestra y el cartero trasladaron a Velázquez y Gauna en un Fiat 1500 desde Quitilipi hasta Machagai, al llegar al puente de Pampa Bandera la maestra simuló un desperfecto y detuvo el auto, así lo había convenido con la policía, treinta hombres, entre los que también había civiles armados hasta los dientes, aguardaban emboscados junto al camino.
El cartero y la maestra bajaron del auto y se desató un tiroteo infernal, más de quinientos balazos cruzaron el aire en pocos minutos, Gauna alcanzó a herir a Aguilar en una pierna y cayó fulminado, pero Isidro ofreció resistencia con su winchester. Hirió al cabo Santos Medina, se tiró del auto y se abrió camino a tiros casi trescientos metros en dirección al monte. La oscuridad cubrió al fugitivo, sus cazadores, desesperados, iluminaron el lugar con los faros de sus autos y vieron a Isidro empuñando su carabina, herido en una pierna y en un hombro y a punto de alcanzar la arboleda. Isidro dio vuelta la cara, deslumbrado, y cayó atravesado por la descarga cerrada de sus perseguidores.
El primero de diciembre fue declarado día de la policía del Chaco y el automóvil fue acondicionado como monumento provincial. Pero la población humilde lloró la muerte de Velázquez, hombres y mujeres peregrinaron hasta el árbol junto al cual había caído y también marcharon hasta su tumba en Machagai donde depositaron ofrendas.
Las autoridades decidieron entonces quemar el árbol y borrar las señas de la tumba. El chámame lo registra: "sin una vela encendida, sin una flor a su lado, sin una cruz en la tierra, hay dos sueños sepultados"; aún así son muchos los paisanos que todavía hoy conservan como reliquias astillas del árbol de Pampa Bandera y las tumbas NN de Machagai son hasta hoy objeto del culto popular.
El gobierno de Onganía prohibió el chamamé. En ese momento el sociólogo Roberto Carri se sentaba a escribir su libro, sin pensar que diez años más tarde, en 1977, sería secuestrado convirtiéndose en un desaparecido más de la dictadura.
Hoy a más de 40 años de la desaparición de Isidro Velázquez, su recuerdo sigue vivo, en las bailantas del Litoral y de Buenos Aires, cuando se canta "Vibra la selva chaqueña bajo el clamor de un valiente, que va cayendo doliente gritando su rebelión", brota el sapucay de los bailarines. Un grito que puede ser de guerra, de vida, de dolor, de tristeza o alegría, o de todo eso al mismo tiempo.
Tomado de Revista Crisis. http://www.magicasruinas.com.ar/revistero/esto/revdesto225.htm
El último sapucai, un hermoso chamamé, una gran historia de lucha popular invisibilizada http://www.youtube.com/watch?v=tTR3HoQgwb8